miércoles, 18 de mayo de 2011

Yabloko Moloko

Aún no creía que Lyosha —como solía hacerse llamar, aunque su nombre era Alexey— podía habernos traicionado.

Aquella mañana habíamos preparado un motín y una gran huída en Vorkutá, saldríamos de aquel gélido infierno de una vez por todas. Un centro de trabajos forzados.

Estaba programado que a las 6p.m; en nuestro turno de cena nos negaríamos a comer el pan seco y el agua sucia que nos daban a diario, y aprovechar la confusión para hacernos con el arma de alguno de los guardias y de ahí, ir abriéndonos paso por las celdas soltando a todos los compatriotas rebeldes y luchar hasta tomar aquella pesadilla física.

Así hicimos, a las 6 y pocos minutos, cuando Artyom —un gran amigo y compañero de celda y el primero de la fila para recibir esos asquerosos alimentos—, dijo que no comería. El guardio le miró de arriba a abajo, sonrió y le escupió en la cara, el siguiente de la fila, Grigoriy se negó también. El guardia ni se inmutó. Cuando ya siete camaradas habían negado la comida, el guardia, pegó un grito y llamó por radio a diez guardas más.

Cuando llegaron los guardias, el que los había llamado, les dió la orden de fusilar a los siete rebeldes, no les dejamos. Justo en un despiste por parte de dos de ellos, Artyom y yo, ya estábamos armados. El entrenamiento especial que habíamos adquirido en el ejército ruso, nos había sido de gran ayuda. Disparamos sin pensar a todos los guardias —que estaban de espaldas—, nuestros camaradas se hacían con las armas ensangrentadas que caían al suelo con gracia metálica, y seguían disparando.

No quedaban guardias vivos en la cocina, ni siquiera el que iba desarmado y nos repartía la comida. En el tiroteo, uno de los guardias pudo alcanzar el pecho de Grigoriy, el cuál ya sabía que no saldría con vida de allí.

No podíamos pararnos a pensar en él, nuestra prioridad era recoger munición y organizar a la gente. Nos dividimos en dos grupos, en el primero íbamos seis personas armadas, en el de Lyosha, cinco. Detrás de nosotros venían cerca de 45 amigos más. Pronto encontraríamos armas para todos. Pero nuestra prioridad era abrir todas las celdas, crear confusión y por último, armar a nuestros chicos.

Con las llaves del alférez muerto, pudimos abrirnos paso hasta el módulo de baja seguridad, pero allí nos esperaban más soldados armados que habían sido alertados por los disparos. No resistieron mucho, no se imaginaban que podíamos estar tan bien organizados. Por lo que creo, Alexey tampoco tuvo mucho problema en el módulo B de media seguridad.

[...]

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