miércoles, 11 de mayo de 2011

Leo y yo

Era una tarde rara. Llovía, pero no hacía ni frío, ni viento. Estábamos en casa de un colega, cuando escuchamos el timbre. Era Leonardo, le habíamos mandado a por un par de cervezas.
Cerca de una hora después, mientras jugábamos a la consola, Leo le pidió a Mateo que le diese una idea para una historia corta que debía redactar para sus clases de facultad. No sé porqué lo hice, pero me sentía con ganas de escribir —últimamente no tenía muchas cosas que hacer—, le dejé caer que podría hacérsela yo. Sin pensárselo mucho, me dió con gusto la mano y dijo que le parecia buena idea, que cuanto menos trabajo hiciese mejor.
Seguimos toda la tarde a carcajada limpia, por lo vago que era Leo, por los errores que cometíamos jugando a juegos de coches, por el efecto de las cervezas —éramos grandes amigos—...

Dicho y hecho, una semana después le escribí un relato de cinco o seis páginas, más o menos lo que me pidió. Ahí comienza ésta historia. Os cuento.
Resulta, que mi historia gustó tanto a su profesor, que no sólo lo valoró con la mayor de las notas posibles, sino que se lo enseñó a todos sus colegas del claustro de profesores.
Cuando Leonardo fue a recoger el trabajo que le escribí, el profesor le dijo que lo sentía por haberlo hecho sin su permiso, pero que lo había mandado a un concurso a nivel autonómico —que ganó— porque la historia le había encantado.

No quiso decirme nada, pero me pidió otra, diciéndome que la primera no estaba bien, que si podía hacerle el favor. Acepté de buena gana, me encanta escribir. Como no tenía obligaciones le conseguí dos historias más.
El muy cabrón siguió callando, pero seguía pidiéndome historias, porque decía que le apasionaban mis escritos. Lo único que hacía era decir que los escribía él.
Por suerte, Mateo se enteró de lo que pasaba y me lo contó. Leonardo estaba siendo un reconocido escritor gracias a mi trabajo. Su éxito era cada vez mayor y yo me hacía el tonto.

Leonardo sabía con frialdad que me estaba engañando, pero no sospechaba que yo conocía lo que hacía. Llegó a salir en la tele un año y medio más tarde, publicitando una novela que le había escrito yo. Ganaba bastante dinero, le estaba solucionando la vida a alguien que me traicionó.

Pero no penséis que soy tonto del todo. Su fama, su dinero, las mujeres que se enamoraron de "sus" historias, todo podía perderlo el día que yo quisiera. Baila para mí, títere.

"Podría continuar..."

1 comentario:

  1. Y ¿cuándo acaba la historia?

    (En serio, deja de firmarme como Anónimo ¿Tanto te avergüenzas de mí?)

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