lunes, 16 de mayo de 2011

Asesino consciente.

Cuando desperté había dos cadáveres, mis vecinas. La jóven yacía en el suelo con un profundo corte en la garganta y desnuda de piernas para abajo, su madre sobre la mesa de mi salón, estrangulada.

Mientras tanto, sólo escuchaba los ladridos del perro de ambas, sollozos. Eché mano de las llaves que llevaba el cadáver de la mujer mayor en su bata, salí de mi casa y me dirigí a la suya, cerrando la puerta tras de mí.

Cuando entré, el perro, que parecía saber lo que había ocurrido me atacó. No supe defenderme, me mordió la cara con una fuerza impresionante. por suerte pude echar mano del cable de una lámpara, con la que golpeé al perro en el hocico dejándolo inconsciente. La bombilla se rompió, mi ropa estaba llena de sangre, mi cara herida y también empapada en plasma rojo y sudor. Había dos cadáveres en mi salón, y un perro alobado frente a mí.

Lo peor estaba por venir, había dejado mis llaves en mi casa sin querer, y escuchaba cómo los vecinos salían de sus casa extrañados por tanto alboroto. Pasé de ser un asesino inconsciente, a saber lúcidamente lo que hacía.

Mientras buscaba ropa limpia y quitaba la reseca sangre de mi cara, llamaron a la puerta. Rápidamente me acerqué y sin pensarlo demasiado entreabrí la puerta. Eran dos policías. Mis jodidos vecinos habían llamado a la policía por tres o cuatro golpes, cuando el subnormal del vecino de abajo, ponía la música a todo volumen durante todo el día.

Continúo.
Los policías no sospecharon nada en un principio. No me pidieron la documentación, tan sólo me explicaron que los vecinos habían llamado quejándose del ruido. Les dije que no sabía nada, que acababa de levantarme y no había hecho nada. Sin mayor problema, saludaron respetuosamente se dieron media vuelta y llamaron al ascensor, mientras yo seguía mirándolos asomando mi cabeza por la puerta entreabierta.

Cuando el primero de los policías se dispuso a entrar en el ascensor, el otro se dió cuenta de algo, puso su mano en el hombro del compañero, me estaba poniendo nervioso. Habían visto claramente en los buzones que en esa casa, sólo vivían dos mujeres. De nuevo los sudores, cierran el ascensor, echando mano a sus walkies y el maldito perro despierta y tras un alarido me mordió justo encima del tobillo.

¡Estese quieto —dijo el oficial—! No pude, de nuevo mis ojos hacia atrás, mis músculos se hinchan.
¡Oh Dios mío!¡Aquí voy de nuevo!

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