lunes, 13 de diciembre de 2010

Cacas de perro

¿Que tu perro se ha cagado en la acera y tú no lo recoges? Pues yo me cago en tu puta madre. Éstos son el tipo de enunciados que se te vienen a la cabeza cada vez que pisas la recién horneada y porosa mierda que cala entre los surcos de tu calzado. Poco a poco y según la mierda se va secando y cayendo sóla o con ayuda de algún objeto tu cabeza se va enfriando y olvida la imagen del idealizado dueño siendo enterrado entre excrementos con un tiro en la sien.

Pero el resquemor se queda ahí, y estoy deseando encontrarme un día con uno de esos hijos de perra —¡qué apropiado!— cuya bestia defeque en la calle y no recoja el regalito —siempre que no sea mucho más grande que yo (me refiero al dueño)—. Para dejarlo en ridículo lo máximo posible recriminándole la acción o haciéndole pisar por la fuerza el ñordo. Pero bueno, estamos en España, aquí eso de la vergüenza no se lleva mucho.

¿Quién no le ha deseado la muerte a alguno de estos mamones en algún momento de su vida? Lunes, siete y media de la mañana, camino de la facultad/la escuela/l trabajo con un café removiéndose en tu estómago, prisas y pasando frío. De repente suena chof, y sientes un pequeño resbalón que se apodera de tu equilibrio aunque no te hace caer. Los hedores suben por las piernas, la cadera, el pecho; como haciendo círculos y llegan pronto a tu nariz. Justo en ese momento te acuerdas de él. Desearías estar agarrándole del cuello, apretando y sonriendo con lágrimas en tus ojos mientras ves como se le amorata la cara al puto dueño del perro.

Bueno, no tenía nada mucho más importante sobre lo que escribir, pero hace tiempo que no lo hacía y por lo menos me he desfogado un poco.

Estos temas son los que hacen unión entre gente de derechas e izquierdas, ateos y creyentes, gente respetable y dueños despreocupados de perros, ¿eh?

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