lunes, 22 de noviembre de 2010

Queridos reyes y reinas magos y magas.

Ya venía con la intención de comentar este tema, que me pone los pelos de punta, pero he decidido leer algunas de sus webs antes de ponerme manos al teclado. Y el resultado, es que me hacen sufrir úlceras con tanta estupidez.

Hablo del sexismo en los juguetes. ¡Como si a mi generación y las innumerables anteriores nos hubiese hecho daño jugar con cocinitas o con camiones destructores! Pues no, ahora lo megarechupiguay es intercambiar roles —¿roles?— y que los niños jueguen a ponerle té a los peluches tanto como las nenas. Y que éstas últimas jueguen con los soldaditos de plástico imaginando los pormenores de una escaramuza militar.

Son los padres quienes deben decidir sobre qué hacer con sus hijos, si consideran que regalarles una plancha de juguete es algo sexista o simplemente innecesario. Pero hay que matizar que el niño no pondrá jamás en su lista de regalos la susodicha plancha de juguete.

Recuerdo con nostalgia y moquetes en mi nariz, las decenas de Barbies decapitadas que había en el cuarto de un amigo, pues normalmente su Action man no tenía ganas de arrumacos, sino de volarle la cabeza a esa pequeña zorra rubia. ¿Es tan raro que los críos jueguen a guerras y peleas, cohetes y coches; y las crías lo hagan maquillando a una mini prostituta o haciéndola fornicar con su Ken?

Éstos lameculos y éstas feminazis que se dedican en su tiempo libre a analizar todos los catálogos de juguetes de todas las grandes superficies para dar uno por uno su veredicto. Sí, esos anormales, abogan por los juguetes didácticos o incluso por penar a los padres que regalen a sus hijos juguetes bélicos o sexistas.

Y es que parece que no parecen saber que los juguetes didácticos suelen ser infinitamente aburridos y que los críos pedirán siempre o casi siempre los juguetes acordes con su sexo. Porque no son atribuciones de los adultos, sino algo mucho más personal e interior que sólo pertenece a los niños.

A mí, nunca jamás me apeteció jugar a las casitas, y mi mayor diversión llegaba cuando le declarábamos la guerra a las niñas, que pese a que las muy putas no nos hacían mucho caso, nosotros pensábamos que pasaban miedo. Me gustaba pegarme de palos con los colegas y rara era la tarde que no volvía a casa con las rodillas peladas o un par de moratones. Y las chicas, limpitas, alegres de haberse entretenido con sus muñecas. Con sonrisas de oreja a oreja por ver como una de sus amigas se había quedado como un terrateniente del sur de Richmond al pegarse el morrazo de su vida saltando a la comba.

Que les jodan a esos capullos.

1 comentario:

  1. A mí me molaban las barbies (o muñecas, pero éramos tan pijiquis que las llamábamos por el nombre de la marca), las Polly Pockets, jugar al escondite, al poliladro, al fútbol, al pilla pilla, a las casitas, a la Playstation, a la Game Boy...

    Será por eso que tengo un lado masculino además del femenino incluido en el pack.
    Sea como sea, que cada uno haga lo que le salga del mismísimo, y, sobre todo, que los padres se dediquen a ser mejores padres en lugar de coartadores especializados en estrangular la libertad de sus hijos.

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